Los 6 tipos de ansiolíticos (características y usos)

Existen muchos tipos de ansiolíticos que se pueden consumir a corto y largo plazo para abordar la ansiedad generalizada. Las benzodiacepinas y los antidepresivos son los más comunes.
Tipos ansiolíticos

La ansiedad se define como una respuesta de anticipación involuntaria del organismo frente a estímulos externos o internos, tales como pensamientos, ideas, imágenes y otros conceptos que son percibidos por el paciente como amenazantes o peligrosos. Estamos ante un evento de índole psicológica que se manifiesta en muchas ocasiones de forma somática, con palpitaciones, hiperventilación, problemas gastrointestinales, sudoración, temblores y muchas cosas más.

La ansiedad esporádica es normal, más aún cuando coexistimos en una sociedad que exige de nosotros un ritmo vital quizá demasiado acelerado para la mayoría de personas. De todas formas, cuando los síntomas permanecen en el tiempo y dificultan la existencia del paciente, se sospecha de un trastorno de ansiedad generalizada (TAG). La prevalencia de esta condición es de un 5%, aunque se estima que existen muchas más personas que la sufren de las que sugieren los datos.

Es en este punto cuando toca pedir ayuda psicológica. Sentirse angustiado momentáneamente es normal, pero vivir con ansiedad es una condición crónica y debilitante que debe ser tratada. Si has decidido ponerte en manos de un psicólogo y un psiquiatra tras tu diagnóstico, te recomendamos que sigas leyendo, pues hoy te presentamos los 6 tipos de ansiolíticos presentes en el mercado.

¿Cuáles son los tipos de ansiolíticos más usados?

Un ansiolítico es un fármaco psicotrópico con acción depresora del sistema nervioso central, cuya función es disminuir los síntomas de ansiedad y angustia en el paciente (sin necesidad de que esto vaya acompañado de sedación o sueño). Como apoyo a esta categoría, encontramos a los antidepresivos y betabloqueantes, pues los únicos ansiolíticos per sé son los que actúan de forma dirigida contra los síntomas de la ansiedad (anti-ansiedad).

Más allá de este sistema de clasificación y terminología médica, vamos a centrarnos en los fármacos que ayudan a los pacientes con ansiedad alargada en el tiempo o con crisis notorias, independientemente de que el medicamento se haya creado con ese único fin o que sea capaz de aliviar los síntomas de forma accesoria. Vamos a ello.

1. Barbitúricos

Son una familia de fármacos derivados del ácido barbitúrico (como su propio nombre indica) que actúan como sedantes del sistema nervioso central, produciendo un amplio abanico de efectos, desde una sedación suave hasta un estado de anestesia total.

Son eficaces como medicamentos analgésicos, ansiolíticos, hipnóticos y anticonvulsivos. De todas formas, se han sustituido por las benzodiacepinas en la práctica médica diaria, pues son extremadamente adictivos. Además, en dosis razonablemente bajas los barbitúricos pueden hacer parecer al paciente ebrio o intoxicado, así que no son demasiado útiles si este pretende llevar una vida normal.

Barbitúricos

2. Benzodiacepinas

Las reinas actuales del tratamiento de la ansiedad. Las benzodiacepinas son medicamentos psicotrópicos con efectos relajantes, sedantes, hipnóticos, anticonvulsivos, amnésicos y miorrelajantes. Son agentes depresores del sistema nervioso central más específicos que los barbitúricos, pues estos potencian de forma exacta la acción inhibitoria mediada por el GABA, un neurotransmisor que transmite un mensaje de inhibición a las neuronas, con las que se pone en contacto para que disminuyan la velocidad de sus impulsos o que dejen de transmitirlos.

Las benzodiacepinas son medicamentos de uso seguro, pero tienen un claro problema: solo se deben tomar de forma continuada en periodos de 2 a 3 meses como mucho, pues generan adicción. El 12,5% de los estadounidenses utilizan las benzodiacepinas como ansiolíticos de forma asidua, pero hasta el 2% de los pacientes no las consumen de forma correcta. El abuso de Xanax y diazepam es un verdadero problema en este país, pues un porcentaje nada desdeñable de la población lo usa de forma recreativa e irresponsable.

Algunas de las benzodiacepinas de consumo común son las siguientes: alprazolam, bromazepam, clonazepam, diazepam, triazolam y flurazepam. Sus usos son relativamente diferentes, siempre en base a los requerimientos del paciente, así que solo se venden bajo receta y tras consulta previa con un profesional.

3. Carbamatos

Los carbamatos son compuestos orgánicos derivados del ácido carbámico. Hablamos más específicamente del meprobamato, un miembro de la clase química de los propanodioles, bastante similares a los barbitúricos previamente citados.

De nuevo, estos fármacos han caído en el olvido desde el descubrimiento y la normalización del uso de las benzodiacepinas. El meprobamato causa interacciones muy peligrosas con el alcohol, solo alivia la ansiedad a corto plazo, su rango de acción es limitado y además es bastante adictivo. Por ello, ya no se receta en la actualidad.

4. Antihistamínicos

Los antihistamínicos son fármacos que primariamente sirven para reducir o eliminar los efectos producidos por las alergias, pues bloquean la liberación de histamina, una sustancia claramente ligada a las respuestas locales del sistema inmunitario.

La hidroxicina es un fármaco antihistamínico de primera generación con efectos sedantes, ansiolíticos y antieméticos (control de náuseas). A diferencia de los carbamatos y barbitúricos, la hidroxicina ha demostrado ser más o menos igual de útil para los trastornos de ansiedad que las benzodiacepinas y, además, provoca menos efectos secundarios. Se comercializa bajo el nombre farmacéutico “Atarax” y es de gran utilidad para tratar la ansiedad prolongada, además de abordar picores y urticarias de tipo alérgico.

Antihistamínicos

5. Opioides

Los opioides son sustancias muy similares a la morfina (un opiáceo), pues, cuando alcanzan los receptores pertinentes, disminuyen mucho el dolor sintomático en pacientes e inducen la anestesia. Debido a los múltiples efectos secundarios que pueden acarrear y a la gran adicción que causan, estos fármacos se usan de forma esporádica para aliviar el dolor en pacientes quirúrgicos y en personas con cánceres agresivos, que no pueden manejar su malestar crónico de otra forma.

A pesar de su asociación histórica al alivio del dolor, nuevas investigaciones apuntan a que los opioides pueden ayudar en el tratamiento de la depresión, trastornos obsesivos compulsivos y otros padecimientos relacionados con la ansiedad crónica. De todas formas, presentan uno de los rangos de adicción más altos de todos los fármacos aquí descritos: por eso mismo, dudamos que en algún momento sean tratamientos viables para la ansiedad, al menos en sus formas actuales.

6. Antidepresivos

Los antidepresivos son los tratamientos de primera línea para abordar la ansiedad prolongada en el tiempo en pacientes. Para que te hagas una idea, las benzodiacepinas se usan en los momentos críticos a nivel emocional (pérdida reciente, angustia constante, malestar derivado de un hecho concreto), mientras que los antidepresivos son el “colchón” a largo plazo, pues se prescriben con una duración mínima de 6 meses hasta los 2 años, con opciones de prolongar el tratamiento.

En este grupo se comprenden los medicamentos de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina y los inhibidores de la recaptación de serotonina y norepinefrina. Algunos de los más utilizados son los siguientes: lexapro, cymbalta, effexor XR, paxil y otros muchos.

Por necesarios que sean en muchísimos casos, no dejan de presentar efectos secundarios: algunos pacientes experimentan náuseas, subidas de peso y problemas de sueño, pero estos eventos suelen solucionarse a las pocas semanas del inicio del tratamiento. Por desgracia, otras personas experimentan signos clínicos durante todo el tratamiento, siendo la falta de líbido uno de los más comunes (en el 30-60% de los casos).

De todas formas, es necesario destacar que los antidepresivos no generan el mismo efecto adictivo que los barbitúricos, benzodiacepinas, carbamatos y opioides. No actúan rápido, no causan síndrome de abstinencia y no es necesario ir aumentando las dosis para que cumplan su función. A pesar de su bajo peligro en este frente, esto no significa que el paciente no pueda asociar psicológicamente estos fármacos a su bienestar y no quiera dejarlos: por ello, dejar de consumir antidepresivos es un proceso siempre lento y paulatino.

Antidepresivos

Resumen

Quizá ya hayas escuchado esto muchas veces, pero si se dice, es por algo: un tratamiento farmacológico sin un abordaje psicológico simultáneo sirve de bien poco. El consumo de medicamentos no debe ser eterno y, por tanto, el paciente debe adquirir las herramientas necesarias para sobrellevar su cuadro de ansiedad mientras se trata de forma “química”. Si no se recibe el apoyo psicológico necesario, es posible que tras dejar la medicación la persona vuelva a la casilla de salida, quizá con una tendencia a la adicción por los fármacos tomados.

Por ello, te recomendamos encarecidamente que no te quedes únicamente en las pastillas si tienes un cuadro de ansiedad generalizado. El psicólogo te ayudará a gestionar tus crisis emocionales, a cortar de raíz los pensamientos cíclicos y a tratar de traer paz a tu vida frente a sensaciones de preocupación excesiva, hipocondría, falta de autoestima y otros muchos eventos asociados a la ansiedad. Recuerda que saber controlar tu mente es tan importante como el dominio de tu cuerpo, así que en estos casos es necesario ir más allá de la farmacología.

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