El Experimento Ruso del Sueño: ¿fue real esta atrocidad?

Existe un conocimiento popular de un supuesto experimento ruso que puso a prueba la capacidad del ser humano de no dormir. Aunque se ha discutido mucho si esta historia es cierta, el interés que suscita es generalizado.

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Los experimentos han sido utilizados por el ser humano desde hace siglos para apoyar, refutar o validar hipótesis. En la actualidad, la investigación se encuentra rigurosamente regulada con el fin de que la ciencia sea llevada a cabo siguiendo unos estándares éticos mínimos. Si bien querer aumentar el conocimiento de la realidad que nos rodea es una tendencia natural del ser humano, es necesario marcar los límites que nunca se deben traspasar. Es decir, no es posible hacer ciencia a cualquier precio y por ello los controles éticos son fundamentales en la actualidad.

Sin embargo, esto no siempre ha sido así. Hasta hace solo unas décadas, no existía este tipo de control ético, por lo que han sido muchas las investigaciones llevadas a cabo en el siglo XX que hoy en día no habrían salido adelante bajo ningún concepto. Ejemplos de ello son el experimento del pequeño Albert, el de la obediencia a la autoridad realizado por Stanley Milgram o el ejecutado por Harlow utilizando crías de macaco.

El Mundo en pie de Guerra

Las dos Guerras Mundiales fueron dos de los eventos más convulsos vividos en el mundo, y fue precisamente la situación política de entonces la que dio margen para actuar de formas de dudosa eticidad. Una vez que este gran conflicto bélico llegó a su fin, no se logró en absoluto la paz inmediata. Por el contrario, inició lo que se denominó la Guerra Fría, un enfrentamiento político, económico, social e ideológico entre el bloque Occidental, liderado por Estados Unidos, y el bloque del Este, liderado por la Unión Soviética.

Estos momentos de gran tensión política dieron pie a que cada bloque llevase a cabo acciones para investigar al bloque contrario y saber todo lo posible sobre él. Aunque esto nunca se ha llegado a confirmar, se ha hablado con frecuencia de un supuesto experimento llevado a cabo por parte de Rusia a finales de los años cuarenta, que habría utilizado como sujetos a prisioneros políticos condenados por traicionar al bando soviético.

El fin de este supuesto experimento habría sido conocer si es posible erradicar la necesidad de sueño en los seres humanos, mediante la utilización de un gas experimental creado para dicho objetivo. Internet fue el impulsor de esta supuesta historia, que ha sido tachada de leyenda por unos y fervientemente creída por otros.

Aunque pueda resultar surrealista y nunca se haya confirmado si estos hechos son o no ciertos, tampoco podemos ignorar que en el pasado siglo han sido muchas las atrocidades similares a este experimento que sí han sido reales. En cualquier caso y con independencia de su veracidad, en este artículo vamos a comentar en qué consistió este supuesto experimento carente de moral.

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¿Qué fue el experimento ruso del sueño?

Como venimos comentando, la leyenda cuenta que este experimento se llevó a cabo en el marco de la Guerra Fría, cuando el bando estadounidense y el soviético se disputaban el control del mundo. En este caso, fue el bando ruso el que ejecutó este terrible experimento, que pretendía valorar si un gas experimental era capaz de eliminar la necesidad de sueño en los seres humanos. Si este resultaba efectivo, el bando soviético lograría una productividad nunca antes alcanzada, pues el proletariado no necesitaría descanso y Rusia podría así derrotar a su enemigo americano.

Sin embargo, como toda sustancia susceptible de generar efectos en los seres humanos, esta debía ser previamente probada y no aplicada directamente en la población obrera. No olvidemos que un paso en falso en aquel momento podría suponer una derrota absoluta y una irreparable pérdida de poder. Por ello, para hacer los ensayos pertinentes se decidió tomar a rehenes retenidos por su traición al bando ruso.

Estas personas se encontraban detenidas en los llamados gulags, campos de concentración donde los opositores del régimen socialista eran obligados a desempeñar trabajos forzados. En otras palabras, los enemigos del estado fueron empleados como auténticos conejillos de indias. Los presos fueron obligados a permanecer en una base secreta, donde se les obligó a convivir a la vez que recibían dosis de este misterioso gas con el fin de mantenerse 30 días sin dormir. Se les prometió que si lograban permanecer despiertos durante ese tiempo serían liberados.

Los sujetos fueron encerrados en pequeñas estancias que permitían a los responsables del macabro experimento llevar un control diario y riguroso de los efectos del gas gracias a la instalación de micrófonos. Los participantes poseían agua corriente, comida, un somier para dormir y algunos libros. Los primeros días del experimento transcurrieron con relativa normalidad, ya que los participantes no sentían malestar.

De hecho, tras superar algunos días, parecían encontrarse más animados, ya que sentían ver un poco más cerca su ansiada libertad. Entre los presos se producían conversaciones cotidianas sin mayor trascendencia. Charlaban sobre sus gustos, sus opiniones, qué harían al salir de aquel extraño lugar, etc. Sin embargo, los acontecimientos comenzaron a dar un giro alrededor del quinto día de encierro sin dormir. Las conversaciones dejaron de ser casuales y pasaron a tornarse más apagadas y existenciales.

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En lugar de hablar de forma esperanzada sobre sus planes o sueños, los presos comenzaron a referir quejas que rozaban la obsesión y la paranoia. El trato cordial del inicio que se había observado entre ellos pasó a volverse mucho mucho más hostil. Progresivamente, fue en aumento la desconfianza que sentían unos de otros y esto condujo a un cese en la comunicación. A pesar de que los presos comenzaron a mostrar comportamientos atípicos, los coordinadores del experimento optaron por continuar, quizá porque ignoraban todo lo que podría suceder en los días posteriores.

Alrededor del décimo día sin dormir, uno de los presos comenzó a gritar. Sus gritos se prolongaron hasta tres horas y, finalmente y fruto de su desesperación, los investigadores comprobaron cómo se arrancó a sí mismo las cuerdas vocales. Por si esto no resulta lo suficientemente terrorífico, lo más escalofriante fue la apatía de los compañeros ante semejante escena. Ninguno reaccionó a lo que acababa de ocurrir ante sus ojos excepto uno, que también comenzó a gritar. Después de esta bizarra escena, los presos comenzaron a arrancar páginas de sus libros y a defecarse en ellas.

A esta fase de agitación le siguió otra de silencio entre los días diez y trece. Ninguno de los presentes emitía verbalización alguna. Esto perturbó de tal forma a los investigadores, que se vieron en la obligación de interrumpir el hermetismo del experimento y acceder a la estancia donde estas personas se encontraban.

Antes de acceder a la estancia, los investigadores avisaron mediante los micrófonos de la instalación de que abrirían el cuarto, aunque no dudarían en disparar a cualquiera que intentara atacarlos. En cambio, si obedecían, uno de ellos podría ser liberado. Contra todo pronóstico, cuando enviaron este mensaje solo uno de ellos verbalizó: “Ya no queremos ser liberados”.

Para acceder físicamente a la estancia a las dos semanas de haber iniciado el macabro experimento, se envió un equipo armado especializado. El escenario que allí encontraron distó mucho de cualquier cosa que hubieran imaginado antes. Los presos gritaban superados por la desesperación, y uno de ellos había perdido la vida. La comida permanecía casi igual que los primeros días. En lugar de alimentarse, los individuos habían adoptado conductas caníbales que les habían llevado a arrancar e ingerir su propia piel.

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Los presos ya no ansiaban su libertad. Lo que más deseaban era recibir una dosis más de ese misterioso gas que les hacía permanecer en vela. Al ser denegada su petición, estos respondieron agresivamente y fueron inmediatamente inmovilizados por el equipo armado. Cuando se intentaba sedar sus cuerpos con morfina, los médicos observaron que esta droga era inocua para ellos.

Uno de los presos necesitó recibir una intervención quirúrgica, y como era de esperar, la anestesia no tuvo efecto alguno sobre él. De alguna forma, todos ellos se comportaban como auténticos adictos que sólo buscaban acabar con su abstinencia. Sus cuerpos se habían habituado al consumo del potente gas psicoactivo y sin él se encontraban fuera de sí mismos.

Ante esta compleja situación, el equipo de la investigación decidió probar a administrar una nueva dosis de gas a los pocos participantes que habían sobrevivido. El consumo les calmó de forma inmediata, como una potente droga. Sin embargo, uno de ellos terminó por caer rendido sobre una cama y, tras cerrar los ojos, murió de forma instantánea.

¿Fue real el experimento ruso del sueño?

Se ha discutido mucho si este terrorífico experimento es cierto o no. La realidad es que los experimentos alejados de la ética han sido, por desgracia, una realidad en el pasado siglo. Por esta parte, no parecería descabellado que esto hubiera sucedido.

Sin embargo, lo cierto es que, como podrás imaginar, se trata solo de una leyenda urbana. Esta escalofriante historia se gestó en Internet a comienzos de los 2000 y se ha mantenido hasta hoy. Aunque algunos detalles han sido modificados, el hilo central ha continuado siendo muy popular todo este tiempo. Internet ha servido como la cuna de muchas cadenas e informaciones falsas. Esta leyenda nació como una suerte de reto que invitaba a los internautas a elaborar la historia más aterradora posible. El experimento ruso del sueño ha sido el resultado obtenido.

Aunque internet puede ser fuente de información y conocimiento real, es cierto que es importante discriminar cuando se trata de contenido ficticio o falso. Lo interesante en este caso es conocer esta curiosa leyenda partiendo de que han sucedido episodios similares en nuestra historia que sí han sucedido realmente. Estas leyendas pueden ser una buena excusa para conocer mejor nuestro pasado.

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